miércoles, mayo 23, 2012

El Infierno Cántabro, mi infierno y mi maestro

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Es paradójico que el otro día alentara a demostrar cuándo las cosas son imposibles y cuando no lo son y venir hoy de nuevo a tener que contar que los 10000 del Soplao, el común y adecuadamente conocido como Infierno Cántabro, no han podido ser esta vez. Entonces ¿lo que escribí el otro día deja de tener validez? En absoluto, esto sólo significa que esta vez no me ha sido posible pero que seguro que más adelante sí lo es y, creedme, lo será.

Así es, el durísimo ultramaratón del Soplao se me ha hecho cuesta arriba esta vez y después de 11 horas de haber estado pateando por los preciosos paisajes de la comunidad cántabra, decidí que era el momento de parar. Llevaba muchas horas con malas sensaciones y físicamente no estaba ni al 20% de lo que requería la prueba y mentalmente, bueno, mentalmente digamos que simplemente no era el día. Una vez decidido que me iba a quedar en el avituallamiento de Bárcena Mayor aún quedaba salir del infierno. Fueron las dos horas más largas, intensas y duras física y mentalmente de mi vida.

Estos días me he estado planteando si escribir una crónica sobre la carrera o no. Me he sentido extraño, no es tristeza, no es desilusión, no es malestar... no sé qué es. Después de darle muchas vueltas creo que lo que pasa es que me he quedado un poco vacío por haber decidido abandonar. A pesar de que no es la primera vez que dejo una prueba a medias, sí que es la primera ver que dejo una carrera a medias a la que iba a hacer algo bonito. Momentos duros, situaciones complicadas, decisiones difíciles, todo pinta a ser una auténtica experiencia a olvidar, ¿verdad? Ese sería el error, eso, y sólo eso, convertiría un abandono de una carrera en un fracaso. Los errores son los mejores maestros, nos enseñan grandes lecciones y yo, personalmente, no estoy dispuesto a dejar pasar la oportunidad de aprender una gran lección.

Así que esta vez no habrá historias sobre kilómetros cuesta arriba, barrizales cuesta abajo, vacas que se cruzan en el camino (que las hubo), amaneceres que difuminan la luz del frontal o avituallamientos que no llegan. No puedo explicar cómo me sentí porque todavía no sé qué sentí, qué me llevó a parar, qué me llevó a decidir no seguir. ¿Dolor? Muchísimo, ¿aguantable? Supongo que sí. Y sin embargo, dentro de mí nació el deseo de no seguir allí, de salir de aquel infierno y regresar a algún sitio donde aquello terminase.

Desde que decicí que la carrera había terminado para mí, allá por el kilómetro 60 aún me faltaban 27 para llegar a Bárcena Mayor y eso, al ritmo que estaba yendo, eran más de 4 horas. El planteamiento fue sencillo: seguir caminando y no pensar. De repente tenía una nueva motivación: llegar fuera como fuera a Bárcena Mayor. Esa motivación me hizo reponerme de tanto malestar y simplemente seguir caminando. Afortunadamente encontré un "atajo" y en lugar de 27 kilómetros sólo hice 17. No sé cuánto tiempo me llevaron ya que me había prohibido mirar el GPS para no desmotivarme al ver que al ritmo que llevaba iba a tardar una eternidad en llegar. Estimo que fueron unas dos horas pero en realidad no lo sé a ciencia cierta.

Fui restando kilómetros y kilómetros mientras seguía luchando por seguir adelante. Tenía ciertos dolores que me preocupaban y fui muy precavido entonces para no agravar lo que pudiera ser que dolía. Pensé muchísimo y sentí muchísimas cosas en esas horas. Eso que sentí y que viví durante esos momentos tan difíciles y duros fue mi lección. Me estaba diciendo a mí mismo todo aquello que en otras situaciones no me había dicho y tuve que irme a Cantabria a correr un ultramaratón de montaña a descubrir aquello que no me había atrevido a decirme.

Lo sé, todo suena muy abstracto pero es que lo es. Así lo siento dentro y así lo expreso y no voy a entrar en más detalles. Cada uno que interprete lo que quiera. Lo que sí voy a compartir es qué lección he aprendido. Esta carrera me ha enseñado que tan importante como hacer lo que uno siente que debe hacer es identificarse con eso que quiere o está haciendo. No basta con que crean que quieren hacerlo sino que deben sentir que, a la par que quieren hacerlo, ya lo están haciendo, vivan eso que hacen y actúen en consecuencia. Sí, nuevamente suena todo muy abstracto... creo que lo que estoy intentando decir es que mantengan el foco en eso que quieren hacer y si en algún momento pierden el foco sobre eso que sienten que quieren hacer, revisen dónde se ha ido su foco y por qué está ahí y evaluar si es momento de reenfocar.

He aprendido que todos los pasos que se dan en esta vida hay que darlos en una dirección, la que nos lleva al destino al que queremos llegar porque de lo contrario estaríamos deambulando y terminaríamos por perdernos.

jueves, mayo 17, 2012

Sobre lo imposible

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La The Western States Trail Ride, comúnmente conocida como Tevis Cup, se trata de una carrera de montaña ecuestre de 100 millas (160 kilómetros) que se celebra cada año en Sierra Nevada en California. En el año 1974 uno de sus participantes, Gordon Ainsleigh, tuvo problemas con su montura y decidió que afrontaría la carrera a pie. Este jinete finalizó la carrera en el nada desdeñable tiempo de 23 horas y 47 minutos abriendo la caja de pandora en cuanto a ultracarreras de montaña.


Me resulta curiosa la naturaleza de lo imposible y más curioso todavía me resulta cuántas veces algo que se suponía era imposible se ha superado, a saber: correr los 100m lisos por debajo de 10 segundos, saltar de espaldas en el salto de altura, tener conectados millones de ordenadores a una red común con acceso a información casi infinita...

Probablemente, cuando Gordon dijo a sus amigos y familiares que iba a correr las 100 millas sin su caballo, muchos, o todos ellos, le dijeron: estás loco, eso es imposible. Imposible sería, pero lo hizo. Acabó esa primera carrera y lo hizo es muchas más que a raíz de su hazaña surgieron. Se podría decir que este fue el nacimiento de las carreras de ultrafondo de montaña tal y como las conocemos en la actualidad. Y sin el señor Ainsleigh, yo no me habría planteado hace unos meses afrontar una carrera de montaña de 115 kilómetros.

Efectivamente, mañana, a eso de las 23 horas, dará la salida de una de las carreras más clásicas del ciclismo todoterreno y de carretera español: Los 10000 del Soplao. Sin embargo, desde hace tres años, y con el éxito de las carreras a pie de montaña, la organización del evento organiza un ultramaratón de montaña puntuable para el UTMB. Los datos de la carrera son:

  • Distancia: 112k (aunque el track marca 116k...)
  • Altura ganada: 4,221 m
  • Altura perdida: 4,221 m
  • Mínima Elevación: 126 m
  • Máxima Elevación: 1.257 m
  • Pendiente máxima de subida de 36.7%
  • Pendiente máxima de bajada: 47,9%

La primera reacción de mucha gente es decirme que estoy loco y que eso es imposible. A lo que siempre respondo: no niego tener cierto desorden mental, pero no creo que correr 116 kilómetros sea imposible. No lo ha sido para muchos corredores que han afrontado esta y superiores distancias y no lo es para mí. O sí, hasta que no lo afronte no lo sabré. Obviamente es imposible que cualquier persona decida de un día para otro correr 115 kilómetros de montaña, sin embargo, con la preparación adecuada se puede hacer y además se puede disfrutar haciéndolo.

Por eso cuando alguien te diga que estás loco y que algo es imposible, dale las gracias por su opinión y demuéstrale lo equivocado que está.

domingo, abril 22, 2012

MAPOMA 2012: Pequeños grandes gestos

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Como ya conté en la anterior entrada mi siguiente compromiso era el Maratón Popular de Madrid (comúnmente conocido como MAPOMA) para el que llevaba muchos meses entrenando y hoy ha sido el día. Durante meses he estado entrenando duramente para afrontar esta distancia de 42 kilómetros tan respetada y temida, que a ningún corredor que la afronta deja indiferente, y cumplir mi objetivo. Al principio, antes del Medio Maratón de Madrid, tenía en mente bajar de las 3 horas y 30 minutos, sin embargo, haber acabado los 21k de Madrid en 1 hora y 27 minutos me hizo replantearme mi objetivo y se me metió en la cabeza bajar de 3 horas 15 minutos en la distancia de Filípides.

Quitando que a una semana de la gran cita me surgieron unas molestias en el pie izquierdo, y que me han mantenido en jaque toda la semana, todo parecía estar bien y esta mañana me he plantado en la salida con los deberes hechos y con un plan en mente: bajar de 3:15 haciendo la primera parte de la carrera en 1:35 y la segunda en 1:40. Parecía un buen plan y había calculado los ritmos para que las cosas fueran así teniendo en cuenta los tramos de carrera donde las calles de Madrid se ponen cuesta arriba. Todo parecía que iba a ser un dulce baile con la Dama de Madrid pero la realidad ha sido muy diferente.

La salida ha tenido lugar a las 9 de la mañana y ya habiendo calentado las piernas y habiéndome concentrado en lo que iba a afrontar, me he puesto en el cajón que me correspondía según mi tiempo. Los minutos antes de la salida suelen ser momentos en los que el tiempo parece que se paraliza, se me ha hecho eternos hasta que han dado la salida. Después de haber estado la mitad de la semana parado por las molestias en el pie izquierdo, tenía muchas ganas de correr.

Cuando han dado la salida, al llegar al arco de salida, he comenzado a correr. Al principio he tenido que adelantar muchos corredores, que no se habían colocado correctamente en sus cajones, intentando mantener el ritmo que me había marcado. En estos primeros kilómetros, he adelantado a dos amigos, Cañas y David, este último el catalizador de que empezase en esto del fondo y con quien corrí mi primer maratón el año pasado. Me ha gustado verles y me habría quedado corriendo con ellos de muy buena gana, pero tenía un compromiso que cumplir.

Los primeros 10 kilómetros se me han pasado volando, en concreto en 43 minutos. Ahora, pensándolo en frío, debería haberme dado cuenta de que haciendo los 10 primeros kilómetros en 43 minutos iba camino de hacer el primer medio maratón en menos de 1 hora 30, lo cual era un ritmo bastante fuerte para mi objetivo, sin embargo, iba corriendo cómodo y no he pensando en ningún momento bajar un pistón.

Todo el camino he ido sufriendo las molestias del pie izquierdo que pensé habían desaparecido, sin embargo, aguantar el dolor es algo que se aprende cuando haces carreras de larga distancia, forma parte del juego.

Los siguientes kilómetros han sido un paseo, kilómetros de bajadas por la ciudad de Madrid y yo iba bailando al son de la música que sonaba en mi cabeza: un vals, en concreto el Vals de Amelie:


Estaba disfrutando de correr por Madrid, de atravesar corriendo la calle Fuencarral, de aparecer de repente en Gran Vía, de bajar por la calle Preciados y ser recibido en la Puerta del Sol por una multitud enfervorecida gritando y animándonos a todos los corredores. Hacia el kilómetro 19,5 me esperaban los dos miembros más importantes de mi equipo, mis padres, Manuel y Emilia, que me han inyectado una dosis de energía espectacular cuando he parado a abrazarlos. "Voy muy bien, voy estupendamete", les he dicho y he seguido corriendo enfrentando la ligera subida de la calle Ferraz que me ha obligado a bajar el ritmo. Todo iba sobre ruedas.

He pasado el kilómetro 20 y he mirado el GPS y he visto 1 hora y 26 minutos y he pensado "¡Bien! Llego al medio maratón en 1 hora y 31 minutos" iluso de mí. A lo lejos veía el arco del medio maratón y lo he cruzado, efectivamente, en 1 hora y 31 minutos, sin embargo, tras el arco me esperaba una sorpresa. Nada más cruzar el arco algo en mi interior ha saltado, como un resorte, que me ha hecho pensar: "Algo va mal, algo ha cambiado". No sé, qué ha pasado, no sé realmente si ha sido mental o físico, no lo sé. Lo que sí sé es que desde el kilómetro 21 algo no iba bien, el señor del mazo venía a recordarme que el que la hace la paga. Ahora, en frío, sé qué es lo que no iba bien: me había pasado el plan trazado por el arco del triunfo. Y este ha sido el mayor error de todos, he desfondado en la primera parte de la carrera y lo iba a pagar bien caro en la segunda parte.

La cosa ha ido de mal en peor cuando he entrado en Casa de Campo, los kilómetros se me han hecho eternos mientras echaba cuentas de cuándo podía tomarme los dos geles que llevaba para poder enchufarle al cuerpo un golpe de energía. Es curioso lo que cuesta hacer matemáticas mientras el cuerpo está al límite y mentalmente no estás en tu mejor momento. Finalmente he resuelto que la mejor opción era coger un gel de los que daba la organización y hacer tres tomas antes de meta, aún a sabiendas del riesgo de meterme en el cuerpo un gel que no había probado anteriormente. Era eso o dejar de correr. En este sentido, cuando el globo de 3 horas y 15 minutos me ha adelantado he tenido que pasar del plan A , acabar en menos de ese tiempo, al plan B, simplemente acabar.

Al paso por el kilómetro 32, me he ido repitiendo "Esto es un 10k, esto es un 10k" en voz alta para inyectarme fuerzas para afrontar ese último infierno, sin embargo, ya no había nada que hacer. Ni siquiera ver a mi amigo Jaime me ha animado a pesar de que ha gritado como nunca le había visto gritar (muchas gracias por estar ahí y por tus fotos). Junto a mi estado de total y completa desmotivación y que las energías estaban al mínimo se ha unido que me he chocado de frente con el muro hacia el 33 teniendo que parar repentinamente y caminar. Los siguientes kilómetros se resumen en: intentar correr, sufrir, no encontrar motivación, parar y caminar, ver como me adelantaban corredores que parecían estar frescos como para seguir corriendo 42 kilómetros más. Nada más lejos de la realidad, era sólo que había perdido hacía tiempo la regla para medir y el grandullón de pecho hinchado que salió en la línea de meta ahora era un diminuto individuo que veía que la carrera le había superado, que se había comido los primeros 21 kilómetros muy rápido y ahora se le estaban atragantando.

La Dama me había castigado duramente, no la había respetado y había intentado ir demasiado deprisa olvidando que el maratón es muy exigente y que hay que hacer las cosas bien todo el tiempo. Sin embargo, en el kilómetro 40 se ha apiadado de mí y me ha hecho un regalo que me ha demostrado que los corredores estamos hechos de otra pasta.

A dos kilómetros de la meta, en el último avituallamiento, he cogido una botella de agua y a los 50 metros me he vuelto a parar a caminar, no podía más. Había perdido todo motivo para seguir esforzándome, estaba sufriendo, me dolían las piernas, no tenía ni un ápice de energía en el cuerpo, la lavadora en la cabeza llevaba casi dos horas dando vueltas y yo no tenía claro, a menos de 15 minutos de la meta, que fuera a terminar. Iba bebiendo agua y resoplando cuando he notado una mano en la espalda y una voz que me decía: "ánimo chaval, no queda nada, vamos, vamos, vamos". Ha sido un momento mágico, de nuevo algo en mi cabeza ha hecho click y me han venido de golpe todas las fuerzas de repente. Me he girado para mirar quién era la persona que acababa de inyectarme de esa forma tanta energía. He de decir que en esos momentos no me he fijado mucho pero le he mirado y le he dicho "Tío, me acabas de salvar, me acabas de dar lo que necesitaba. Muchas gracias. Vamos juntos hasta la meta". Hemos corrido y le he preguntado cómo iba él mientras yo corría como hacía ya muchos kilómetros que no lo hacía. "Tengo los gemelos cargadísimos, voy muy jodido también" me responde y le digo "Tranquilo, vamos a acabar esto juntos sí o sí".

Curiosamente en el momento en que me ha dicho que iba mal mi malestar ha desaparecido, es algo que no es la primera vez que me pasa, cuando un compañero va mal antepongo el ayudarle a mi propio malestar. Y así ha sido, he estado tirando de él, animándole y diciéndole que lo íbamos a hacer, que estábamos juntos y que juntos íbamos a acabar. Hemos corrido fuerte, todo lo fuerte que se puede correr con 40 kilómetros en las piernas y, aunque ahora era yo el que iba delante de él, no he dejado de mirar hacia atrás para que mi recién compañero no se separase mucho de mí y pudiera seguir enganchado a mí. Hemos entrado en El Retiro y hemos seguido al ritmo que llevábamos hasta allí y los dos sabíamos que ya lo habíamos conseguido, que únicamente se trataba de un último esfuerzo y así se lo gritaba. En la marca del kilómetro 42 Luis, que así se llamaba, me dice "Aprieta si quieres, tira que vas muy bien", "No, no, no, tú y yo entramos juntos en meta". Al fondo  ya se veía el arco de meta y mientras le gritaba "Eres un tío grande" me he puesto detrás de él para que entrase delante de mí. Sencillamente no quería entrar antes que él puesto que yo estaba ahí con esa energía gracias a él.

Finalmente hemos entrado en 3 horas y 23 minutos, muy por encima del objetivo del plan A, pero muy por debajo del objetivo del plan B y habiendo bajado en 28 minutos mi marca en el maratón. Sin embargo, lo más valioso que me llevo de esta carrera es una vivencia extraordinaria con una de las personas que practicamos este deporte. Luis ha demostrado que a veces las cosas más sencillas y que tan poco cuestan pueden cambiar radicalmente la situación de una persona. Así que ya saben, no se olviden de esas pequeñas cosas que tanto poder tienen.

Ahora toca reflexionar sobre los errores cometidos y aprender de ellos para el próximo reto, disfrutar de lo conseguido hoy, descansar y recuperarse rápidamente para seguir disfrutando de este magnífico deporte que tanto me aporta.

domingo, abril 15, 2012

Compromiso propio

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Una de las cosas que más me gustan de esta locura que me ha dado ahora, correr, es que cada vez quieres ir un paso más, siempre un paso más. Sin embargo, con el paso del tiempo y compartiendo esta pasión conoces a muchísima gente que está en la misma onda que tú, gente con ese ansia por mejorar, esa necesidad imperante por conseguir un nuevo logro.

Una de las partes más bonitas es que en ese camino por mejorar, cada uno de nosotros adquirimos compromisos con nosotros mismos, sin presión por ningún agente externo, un compromiso que nace de nosotros mismos. En los procesos de coaching se facilita al coachee a que de él mismo surja el deseo de comprometerse y, puesto que este compromiso surge voluntariamente, es algo que se luchará por cumplir con todas las fuerzas. En esto del running popular, no hace falta facilitador, muchos de nosotros nos autocomprometernos a ir un paso más allá del que pensamos es nuestro límite.

Habrá quien se está preguntando a qué viene tanta reflexión sobre el compromiso propio (o compropiomiso como se me ha ocurrido llamarlo). Esto es debido a que nuevamente, en la búsqueda de mis límites, el próximo domingo vuelvo a encararme con la distancia madre del atletismo, la Dama, los 42k, el maratón.

Un año después, vuelvo a retarme en esta distancia tan bonita y a la vez tan respetada por todos los corredores, y después de tantas experiencias vividas calzando las zapatillas durante el último año y después de haber conseguido ir un paso más allá en los 10k y en el medio maratón, me pondré sobre la línea de salida el próximo domingo para afrontar mi segundo maratón, en Madrid, el que dicen (no puedo opinar comparándolo con otros porque sólo he corrido uno y fue también en Madrid) es un maratón urbano realmente duro. Hace tiempo me comprometí a alcanzar un nuevo límite enfrentándome a este reto y he estado haciendo todo lo necesario para llegar al día del evento con la seguridad de que he cumplido con el compromiso que adquirí conmigo mismo hace ya unos meses. El resultado, da igual. El éxito no se mide en segundos, el éxito se mide en esfuerzo. Y como siempre desde hace algún tiempo en mi vida, por el camino, he disfrutado y he sido feliz sabiendo que estaba haciendo lo que quería hacer para conseguir aquello que quería conseguir dándolo todo de mí en cada instante.

Aunque realmente hoy no he venido a barrer para hablar sobre mi compromiso para con el maratón de Madrid, no. Hoy vengo aquí para brindarles la oportunidad de comprometerse con ustedes mismos en conseguir un reto, no importa cuál, grande o pequeño, físico o intelectual, laboral o personal, lo que quieran. Piensen en aquella cosa que hace tiempo que desean conseguir y defínanlo siguiendo el principio SMART y comprométanse a seguir los pasos necesarios para alcanzarlo y cada cierto tiempo revise en qué medida están alcanzando o está siguiendo los pasos para alcanzar su objetivo. Estudien qué acciones de las que están ejecutando les están acercando a su meta y cuáles les están alejando. Esto le permitirá redirigir su camino hacia lo que desea conseguir.

A menudo se dice que las palabras se las lleva el viento así que un buen ejercicio para fortalecer el compromiso es escribirlo en un papel y guardarlo. Además también ayuda comunicar nuestros objetivos a la gente que nos rodea para que la pequeña presión social que el grupo pueda ejercer hacia nosotros, pueda ayudarnos a seguir luchando por conseguir nuestros objetivos, así que si lo creen conveniente, coméntenlo con su familia, amigos, compañeros de trabajo o su pareja.

Todo aquello que se necesita para alcanzar sus metas está en nuestro interior, sólo debemos dejar salir la fuerza que dentro de todos hay para ir un paso más, siempre un paso más.

lunes, abril 02, 2012

21 kilómetros no es el límite

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Yo hace ya algún tiempo que sabía que mi límite no era correr 21 kilómetros. Hoy corría yo mi séptimo medio maratón y tenía la férrea intención de asaltar el crono de nuevo. He de reconocer que en esta ocasión he jugado con dos objetivos: el público y el privado. El público era bajar de 1:30 y el privado de 1:28. El motivo de esto no ha sido, ni mucho menos, el miedo a no conseguir el objetivo y quedar mal delante de mis familiares y amigos, ya que hace mucho tiempo que he aprendido que al único que debo retar y superar es siempre a mí mismo y a quien debo rendir cuentas. Era más bien una cuestión de complicidad conmigo mismo.

Además de esto, me había propuesto correr lo más fuerte posible los primeros 9 kilómetros de la carrera, que transcurren desde El Retiro hasta Plaza Castilla siendo la mayoría del trazado de subida, y del kilómetro 9 al 21, sencillamente poner en la carrera todo lo que quedaba.

Con todo lo especial que esto era para mí, el día de hoy tenía además una componente emocional añadida y es que varios amigos míos se enfrentaban a los 21 kilómetros por primera vez. Para mí es bonito que alguien intente superarse a sí mismo, que salga de su zona de confort para exponerse a un esfuerzo que no sabe si será capaz de superar. Todos ellos, durante los últimos meses, se han estado preparando duramente para la cita de hoy y según mi punto de vista, todos ya habían tenido éxito en el momento de ponerse en la línea de salida. Por ellos, la carrera de hoy ha sido también muy especial.

He estado con mi amigo Felipe antes de la salida y podía respirar la incertidumbre mientras hablaba con él. Es algo que me ocurre cada vez que pruebo a enfrentarme a una nueva distancia. Me ocurrió con mi primer 10k, con mi primer medio maratón, con mi primer maratón y cuando estaba en la línea de meta de los 100 kilómetros de Madrid - Segovia, aunque cada vez en menor medida por la experiencia y conocimiento de mí mismo que he adquirido en los últimos años. No sabes qué va a ocurrir y eso, en cierta manera, impone respeto.

Mi carrera ha sido dura, muy dura. Mi apuesta fue muy fuerte y desde la salida hasta el kilómetro 9 he ido luchando y apretando el ritmo para cumplir lo que me había propuesto, sin embargo, ninguna acción está exenta de consecuencias. He salido, pegado a la liebre de 1:30, sin embargo, no era mi objetivo así que rápidamente he cogido mi ritmo de carrera. A lo lejos estaba la liebre de 1:25 que ni por asomo era mi objetivo. Esta vez, como lo fue en la anterior, mi carrera era mi carrera y debía correr a mi ritmo.

He ido corriendo muy fuerte, entre 4:00 y 4:10, y poco a poco me he ido aproximando a la liebre de 1:25 hasta que he estado justo detrás de ella y pensando: "qué bien, he cogido a la liebre de 1:25, si mantengo el ritmo puedo incluso bajar de 1:26". Eso me lo he creído durante los siguientes dos kilómetros cuando me he dado cuenta de que, quizá, sólo quizá, estaba yendo demasiado rápido para lo que había planificado y que cabía la posibilidad de que si seguía a ese ritmo no aguantase y tuviese que parar y no conseguir siquiera bajar de 1:30.

En las carreras, como en la vida, ocurre que sólo te das cuenta de las posibles consecuencias de un error cuando éste ya lo has cometido. Hacia el kilómetro 14, la ciudad de Madrid me ha regalado una maravillosa subida donde, sin faltar a su cita en mis carreras, ha aparecido el hombre del mazo a recordarme los 9 primeros kilómetros de carrera. Han sido momentos duros. He tenido que bajar el ritmo y regular para no desgastarme en demasía, aunque el desgaste ya era, entonces, bastante serio.

Del 15 al 18 he mantenido el tipo como bien he podido: aprovechando los llanos y las bajadas para apretar un poco el paso y regulando en las subidas para no quemar demasiados cartuchos ya que el final de la carrera, desde el 18, en especial por la Calle Alfonso XIII, hasta meta es todo subida.

Yo ya me había enfrentado a la cuesta de Alfonso XIII del medio maratón y del maratón de Madrid del año pasado, así que la considero una vieja. Cuando me he enfrentado a la dichosa cuesta no he podido sino acordarme de mi amigo David, con quien corrí ambas dos carreras el año pasado. En el medio maratón, él tiró de mí como un jabato ya que a mí no me quedaba mucho más que poner. Hoy ha sido duro y durante toda la subida me he acordado de aquel momento del año pasado. De nuevo el hombre del mazo no sólo se ha presentado en el 18 para castigarme las piernas sino que esta vez se ha cebado con algo que todo lo puede cuando el cuerpo ya no da para más: la cabeza. El furioso felino con ganas de devorar kilómetros que salió del Retiro volvía hecho un gatito que no tenía fuerzas para luchar contra su cuerpo.

Han sido momentos duros, el cuerpo iba al límite, las fuerzas parecían fallar y sólo restaba poner lo que quedaba de corazón en la carrera. La lucha ha sido extenuante: el cuerpo mandaba continuamente señales a la cabeza y ésta las recibía y asentía: lo sé yo también estoy exhausta. Incluso ha habido momentos en los que he barajado la posibilidad de parar y continuar andando, sin embargo, es en esos momentos en los que el corazón, con unas fuerzas que no se sabe de donde salen, tira de cuerpo y mente para seguir adelante.

Los últimos 2 kilómetros han sido dolorosos, sufridos, extenuantes, hasta el punto de que no he podido apretar el paso ni en los últimos 100 metros. Lo había dado todo desde el principio y no tenía mucho más que poner. Desde el 18 me prohibí mirar el GPS para no forzarme en caso de calcular que no iba a entrar por debajo de 1:28 o de 1:30. Me sentía al límite, me notaba exhausto. Cuando me he ido acercando al arco de meta, donde estaba el reloj oficial de la carrera, he visto lo que estaba a punto de conseguir, a apenas 50 metros de la meta el reloj marcaba 1:27:15 y entonces he sabido que había conseguido mi objetivo. En otras circunstancias, habría apretado al máximo para entrar por debajo de 1:27:30, sin embargo, no había fuerza para un último esfuerzo. Desde el kilómetro 1 había sido todo un último esfuerzo.

Es curioso cómo somos ya que, al terminar la carrera y tras unos segundos de recuperación después de cruzar la línea de meta, he ido rápidamente al ropero a coger mis cosas y, teniendo los gemelos duros como piedras, molestias en las rodillas y tobillos y un cansancio descomunal he salido trotando hacia el Ángel caído para ir hasta el final de la cuesta de Alfonso XIII para intentar engancharme a Felipe y terminar con él, como bien pudiera, sus últimos tres kilómetros. Al terminar parecía que no había fuerzas para más y sin embargo estaba dispuesto a hacer tres kilómetros más para compañar a un amigo. Afortunadamente he estado durante 20 minutos esperando y no he conseguido verle. Digo afortunadamente porque no le he visto por que él ya había pasado cuando yo he llegado, lo que significaba que iba a terminar en un tiempo digno de admiración para ser su primer medio maratón.

En esos 20 minutos, he estado animando a todos y cada uno de los corredores que pasaban por allí. Cada uno con su historia, cada uno superando sus límites, cada uno yendo un paso más, siempre un paso más.

Y es que nuestros límites están más allá de lo que pensamos y que muchas veces somos víctimas de nuestras propias limitaciones.

domingo, marzo 18, 2012

Siempre más

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Esta historia comenzó ayer, cuando quedé con unos amigos en Aranjuez para explorar unas rutas para una excursión cicloenológica que se está organizando. La cosa era rutear un poco desde Aranjuez pasando por Chinchón hasta llegar a Morata de Tajuña para encontrar una bodega.

Así, entre idas y venidas, nos hicimos 112 kilómetros por caminos y carreteras, no sin mucho sufrimiento por mi parte porque, ya que aunque esté entrenando duramente últimamente para mi próximo gran reto (ya llegará el momento de comentarlo), no estoy cogiendo nada la bicicleta y aunque las piernas estén fuertes, la incomodidad sobre la bicicleta se hizo patente hacia el kilómetro 90 y no me abandonó hasta el final de la ruta. No había vuelta atrás así que sólo podía pedalear y no pensar.

Finalmente llegamos de vuelta al punto de partida y todo salió estupendo. Lo pasé genial pero con bastante sufrimiento.

El tema es que hoy por la mañana yo corría La Carrera del Agua, 10 kilómetros, donde quería volver a hacer marca personal y, más concretamente, quería bajar de 40 minutos. Hasta entonces tenía como marca 40:59, que había conseguido en la carrera de Canillejas hace unos meses. Esa carrera es una de las carreras a olvidar en mi vida. Salí a un ritmo exageradamente alto para el punto de entrenamiento en el que estaba y lo pagué caro. Tuve que parar hacia el kilómetro 6 con el corazón en la boca y las piernas temblando. Recuperé durante unos diez segundos y seguí corriendo. A pesar de todo eso hice marca personal, sin embargo, no era una marca bonita, no me gustaba, no la había conseguido corriendo con cabeza y esa espinita estaba ahí.

Durante el día de ayer me cuidé muy mucho para poder recuperarme lo más rápido y eficientemente posible para la carrera de hoy. No tenía claro si quiera que fuera a asaltar los 40 minutos, no sabía cómo me iba a levantar por la mañana, quizá tendría que ir mirando escaparates.

Al levantarme, parecía que no había señales de mucho cansancio del día anterior, sin embargo, tenía el estómago un poco descolocado. He desayunado lo de siempre, los hábitos antes de una carrera no se cambian, y como aliciente me he tomado un café bien cargadito (normalmente tomo descafeinado pero hoy ha sido normal) que me iba a dar esa chispa extra para afrontar la carrera con fuerza.

Al llegar a la zona de la salida, he dejado mis cosas en el ropero y me he puesto a calentar. Aún tenía  30 minutos para trotar poco a poco y estirar bien y llegar al pistoletazo de salida con los músculos listos para lo que íbamos a afrontar. Al principio, como me suele ocurrir, me ha costado entrar en temperatura debido a que iba vestido de corto, aunque los 7º que hacía también tenían algo que ver. Las pulsaciones al principio especialmente altas, como de costumbre, pero las piernas estaban respondiendo perfectamente. Me encontraba fuerte y no había señales de cansancio muscular del día anterior. El plan era claro: nada de improvisaciones, todo estaba estudiado y planificado. Había mirado el recorrido de la carrera y había pensado cómo iba a correr cada tramo de la carrera de tal forma que pudiese conseguir bajar de 40 minutos. En función de cómo fueran los 3 primeros kilómetros podría saber si estaba en condiciones de seguir a ritmo para hacer marca personal.

Me coloco en la parte delantera de la marabunta de corredores para no tener que estar adelantando corredores pero lo suficientemente atrás para no estorbar a los corredores más rápidos. Mientras espero la salida pienso. Voy haciendo lectura de mi cuerpo para saber en qué estado estoy. Las zapatillas bien atadas, los pies relajados, tobillos fuertes, gemelos sin molestias, rodillas a punto, isquiotibiales sin ninguna carga... Tengo las manos bastante frías pero eso es algo normal en mí últimamente y quiero pensar que significa que la sangre está ya en las piernas lista para bombear oxígeno. Entre tanto se oye una voz que grita la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...

Pongo en marcha el GPS justo con la salida a pesar de que todavía no he pasado el arco ya que quiero que el tiempo por el que me rija sea el tiempo de carrera no el tiempo de mi paso por el arco. Caminamos unos metros hasta el arco, apenas han pasado 10 segundos, y al pasar por el lector del chip arrancamos a correr. Todos los corredores a mi alrededor llevan un ritmo parecido al mío. Empiezo a adelantar corredores y me doy cuenta de que a lo mejor estoy yendo demasiado rápido. Mirada al GPS y efectivamente he salido a 3:45. El globo de 40 minutos va a unos quince o veinte metros delante de mí así que me propongo adelantarle y no tenerlo delante de mí y ser yo quien tire y no él el que tire de mí. Hasta el kilómetro 1 no consigo cogerle y adelantarle. No quiero apretar mucho porque sé que hacia el kilómetro 4 necesitaré un extra de energía al subir por Castellana. En el kilómetro 2, paso exactamente en 8 minutos, a la par que la liebre de 40 minutos. Sigo corriendo fuerte en los llanos y un poco más rápido en las bajadas, hasta los 3:50. Voy cómodo, con una zancada larga e intentando que sea lo más eficiente posible, vigilo el balanceo de brazos que tanto me cuesta mantener, pero que cuando lo consigo noto que correr me cuesta mucho menos. En el kilómetro 3 voy unos segundos por debajo de lo previsto, las piernas están respondiente perfectamente y, aunque voy cerca del 86% de mi máxima, no tengo sensación de ahogo o presión en el pecho, así que sigo corriendo.

Hacia el kilómetro 4 llega lo duro, se trata de una subida por el Paseo de la Castellana, desde el Bernabeu hasta Plaza Castilla. Sé que mantener el ritmo aquí por debajo de 4 minutos no me es posible y de hecho estaba previsto bajar el ritmo. Subiendo me adelanta el globo de 40 minutos pero no me preocupa, yo estoy corriendo mi carrera. Sigo subiendo fuerte y seguro de que lo estoy haciendo perfectamente. Miro el GPS y creo ver que voy a 4:50 el kilómetro, lo cual me parece extraño tirando a imposible ya que no he bajado tantísimo el ritmo. No le doy ninguna importancia, estoy corriendo mi carrera. Hacia la mitad de la cuesta veo la bicicleta que marca la posición de la primera mujer. Me extraño ya que en 10 kilómetros las mejores atletas van a un ritmo bastante más alto que lo que estamos corriendo.

La mujer es algo más bajita que yo, pero tiene unas piernas que se ven fuertes. Cada zancada es como un catapulta que la impulsa lejos, muy lejos. Voy un poco más rápido que ella, no mucho más, y pronto la pierdo de vista.

Yo sigo teniendo al corredor liebre delante de mí pero no me importa, pronto remontaré la Castellana hasta Plaza Castilla y ahí podré volver a mi ritmo por debajo de 4 minutos el kilómetro. En el kilómetro 5 está el avituallamiento donde, como cada año, nos darán una bolsa de agua. Sí, una bolsa. El canal de Isabel II embolsa agua y la entrega, sin embargo, el que ideó este método no ha corrido una carrera en su vida. El procedimiento es el siguiente: coges la bolsa de manos de los voluntarios (siempre al pie del cañón para que los demás podamos disfrutar de esta nuestra pasión), te metes en la boca una esquina de la bolsa e intentas rasgarla. El siguiente paso es apretar la bolsa lo justo para que salga el suficiente agua para dar pequeños tragos, todo esto sin dejar de respirar. El último y definitivo paso es atragantarse... Nunca me salto este paso porque es importante cuando vas al límite meter agua en tus pulmones para limpiarlos por dentro. Tiro la bolsa de mala gana e intento echar el agua que ha hecho atragantarme. No es la primera vez que me pasa así que la sensación de asfixia y fatiga en esos instantes me es conocida. Es cuestión de dejarla pasar mientras uno sigue haciendo lo que estaba haciendo.

Llego a Plaza Castilla y ya estoy a la altura del globo y girando en la rotonda le adelanto. De nuevo se impone volver al ritmo de carrera y mantenerlo y así hago. Desde el kilómetro 5 al 6, voy adelantando y restrasándome con el globo y eso me está desconcentrando. Me molesta pensar que es el globo el que está tirando de mí y no yo el que está corriendo fuerte así que decido que antes del kilómetro 8 tengo que adelantarle y no dejar que me pase, de esa forma podré seguir corriendo mi carrera. Antes de llegar al 7 ya estoy por delante de él.

Aún quedan 3 kilómetros así que toca revisar en qué estado estoy. Las pulsaciones están bastante altas pero no tengo sensación de fatiga o asfixia, voy corriendo fuerte e intento dar zancadas optimizadas a la par que mantengo el braceo. De momento parece que todo está bien así que no me queda más que seguir corriendo a mi ritmo. Estoy corriendo unos segundos por debajo del ritmo que me había marcado, 4 minutos por kilómetros, pero me encuentro fuerte, así que lo mantengo. Al pasar por el kilómetro 8 miro el crono y veo 31:47. Cuesta echar cuentas cuando vas tan al límite pero esta vez lo tengo fácil: me quedan 2 kilómetros y voy por debajo de 4 minutos por kilómetro así que termino en menos de 8 minutos y entraré por debajo de 40.

Del kilómetro 8 al 9 miro hacia atrás en una ocasión para ver si veo al globo. Como no le veo sé que no me va pisando los talones, sin embargo, al instante pienso: ¿qué te importa el globo? Estás corriendo tu carrera y así debes seguir. Así que sigo corriendo hasta llegar al kilómetro 9.

Es curioso cómo es el cuerpo humano, cuando crees que estás al límite, cuando crees que has puesto tu cuerpo al límite durante los últimos 36 minutos, te sorprendes apretando los dientes y diciéndole a tus piernas: vamos, joder, vamos. El último kilómetro no se corre con las piernas, se corre con el corazón.

Sólo 4 minutos más. Una serie de 1000m. No importan las pulsaciones, el corazón responderá. No importa el cansancio, las piernas responderán. Son momentos en las que las emociones se amontonan y se confunden unas con otras. Veo a muchos corredores luchando contra sí mismos. Veo a muchas personas superándose una vez más. En la lucha contra uno mismo, en darlo todo cada momento, en explorar nuestros límites, en no desfallecer cuando parece que las cosas se ponen feas, en no darse por vencido, en seguir siempre hacia delante, es ahí donde radica la belleza del deporte.

Me enfrento a la recta de meta y a lo lejos veo el cronómetro oficial: 39:04. Está hecho, voy a entrar por debajo de 40 y algo dentro de mí se relaja, sin embargo, no dejo que así sea. Hay que darlo todo hasta el final así que hacia mitad de la recta de meta, cuando el crono marca 39:11, aprieto el paso. Para mí las carreras hay que terminarlas al 110%, como en la vida, dando más de uno mismo hasta el final, hasta el último paso, el resultado sólo es el pequeño instante de cuando cruzas la meta y el éxito o el fracaso no está en la meta sino en el camino. Lo importante es querer y hacerlo todo para ir siempre un poco más allá, para querer más, querer siempre un poco más.

Más, siempre más.

miércoles, febrero 01, 2012

Frases LXXXVI

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Cuando alguien os diga no podéis en realidad os está diciendo que él no lo pudo hacer, así que sed educados pero no hagáis caso.
Bill Drayton (emprendedor)

domingo, enero 29, 2012

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Esta es la historia de un hombre que en la primera vez que se la chupó una puta, ésta le dijo que tenía el semen más dulce que jamás había probado, a lo que él respondió que ese era el piropo más bonito que le habían dicho jamás.